La Contienda entre las Facultades.

22 noviembre, 2010

La Junta de Centro de la Facultat de Filosofia i Ciències de l’Educació de la Universitat de València emitió el pasado día 11 unas consideraciones sobre otro documento titulado: “Acuerdo sobre la inserción del psicólogo educativo en el sistema de educación español no universitario”. Este texto, firmado por varias instituciones, entre las cuales se encuentra la CONCAPA, la CEAPA y la Facultad de Psicología de la Universidad Complutense viene a decir que: “se considera necesaria la incorporación del psicólogo educativo a los distintos centros docentes”. Sus funciones serán:

  • La evaluación diagnóstica en contextos educativos.
  • El asesoramiento psicológico a alumnos, padres, profesores y autoridades académicas.
  • La intervención de tipo correctivo, preventivo y optimizador.
  • La coordinación sistemática con otros profesionales y la adecuada derivación en tiempo y forma.

Para conseguir esto se propone la realización de un Máster de Psicología de la Educación contradistinto al Máster de Formación del Profesorado, al Máster Universitario de Psicopedagogía, al Máster Universitario de Política, Gestión y Dirección de Organizaciones Educativas, y del Máster Universitario en Educación Especial.

Como habrá visto cualquier lector que conozca la realidad educativa por dentro, este máster no hace sino reproducir las competencias profesionales que se esperan del “orientador”, esa figura que exigiría un estudio en sí misma, pero en la que no vamos a entrar ahora.

La respuesta de la Junta de Centro de la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la UV viene a responder a este texto generado por sus colegas de Psicología de la siguiente manera:

  1. La Pedagogía y Psicopedagogía como saberes han sido avalados por el Gobierno.
  2. Sus perfiles ya cubren ese perfil de competencias que quiere adoptar el Psicólogo Educativo.
  3. Rechaza la exclusividad de las competencias citadas para ese Psicólogo Educativo (se deduce de 2 y 1).
  4. Insinúa el necesario monopolio que las facultades de Pedagogía han de tener al respecto de ese perfil profesional (lo que, en pocas palabras, va contra toda la propuesta de la Facultad de Psicología).
  5. Adopta una posición victimista frente al (presunto) intrusismo de otras especialidades en su campo de saber (un campo que se ha auto-atribuido, por otra parte).
  6. (Que aparece como 5 también): se compromete a ilustrar a las instituciones antedichas sobre su error por confiar en las Facultades de Psicología, bajo el lema, cómo no, de la calidad educativa.

Bien, en un primer momento, a quien esto escribe, la polémica no pudo sino resultarle tan simpática como una batalla entre tarántulas y escorpiones. No obstante, el caso es que aquí se juega un asunto sumamente serio para el sistema educativo, así que poco duró la risa. No mucho después paró mientes en un texto de Kant conocido como “La Contienda entre las Facultades de Filosofía y teología”. En él se establece una división entre facultades superiores y facultad inferior. La Filosofía sería la representante de ésta última, mientras que las superiores son representadas por la Facultad de teología, derecho y medicina. Aparte de lo anacrónico de esta división, lo cierto es que vale leer aquel texto a la luz de esta disputa. Nos encontramos con una dramática contienda que tiene un marco definido: el fracaso del modelo psicopedagógico en el sistema educativo. Este fracaso puede ser debido a múltiples causas, no vamos a entrar en ello ahora, pero cabe destacar que el conflicto surge de las facultades de Psicología y Pedagogía, fundamentos, ambas, de nuestro actual modelo educativo (solo constato un matter of fact). Que el fundamento último del sistema es el llamado constructivismo psicológico que ha dado lugar a la moderna pedagogía (cuyos memes más reconocibles son: autonomía del alumno, aprender a aprender, aprendizaje significativo, currículum único hasta los 16 años, atención a la diversidad, entre otros) es algo evidente. No se trata de un fundamento exclusivo: como J. Penalva y otros llevan denunciando desde hace tiempo, el modelo actual se fundamenta en unos principios políticos precisos (que llamaré el Dogma de la Democracia Radical) que han adquirido un tamiz científico (fundamento legítimo último en la actualidad de cualquier propuesta en cualquier campo, parece ser) gracias a la Psicología (constructivista de Piaget, Vigotsky, Ausubel y demás). Que la Psicología, por lo tanto, solicite su puesto en la Educación, no es sino una consecuencia lógica y natural de este enfoque que se ha adoptado desde 1990. El contra-argumento de la Facultad de Pedagogía de que la Psicología en la actualidad apuesta más por una vertiente clínica es una artimaña hábil (aunque pobre) para desarmar la propuesta de los psicólogos. Y es irrelevante porque la Facultad de Psicología solo tiene que decidir cambiar el enfoque para auto-atribuirse las competencias del orientador, y es lo que hace precisamente en el texto que presenta y tanta inquietud ha creado en su facultad vecina. ¿Qué defensa le cabe a la Pedagogía? El victimismo que apela al intrusismo profesional (punto 5 de su contrarréplica), y la autoridad del Gobierno (punto 1 del mismo) como garante de su territorio (apelar ni más ni menos que al monarca como autoridad que ha de defender sus intereses). Dice Kant:

“Al gobierno le interesa por encima de todo aquello que procura un fuerte y duradero influjo sobre el pueblo, y de esta índole son las materias de las Facultades superiores. De ahí que el gobierno se reserve para sí el derecho a sancionar las doctrinas de las Facultades superiores, mientras que confía las da la inferior a la propia razón del pueblo versado en ello. Mas, aun cuando sancione doctrinas, no es él mismo (el gobierno) quien las enseña; le basta con que ciertas doctrinas tengan cabida en las conferencias públicas de sus respectivas Facultades y se vean marginadas aquellas que oponen a las mismas. Por consiguiente, no practica la enseñanza, sino que capitanea a quienes la ejercen (al margen del grado de parentesco que tales enseñanzas guarden con la verdad), puesto que adquieren ese compromiso contractual con el gobierno al tomar posesión de su cargo.” (Kant, 1999:3).

A mi juicio, la Facultad de Pedagogía, y utilizando la clasificación kantiana, ejerce en la actualidad como Facultad de Teología, en la que la Biblia como texto ha sido sustituido por la doctrina del Constructivismo, pero más allá por el Dogma de la Democracia Radical. Tal dogma “es algo que el teólogo bíblico [léase: el psicopedagogo en ejercicio] en cuanto tal no puede ni debe probar [...]. Se basará por lo tanto en un cierto sentimiento (que no cabe probar ni explicar) del carácter divino de la Biblia como materia de fe válida incluso para el sabio […]. Tampoco tiene licencia para interpretar los pasajes de las Escrituras atribuyéndoles un sentido moral que no concuerda con lo allí expresado y, como no existe ningún exégeta humano autorizado por Dios a tal efecto, el teólogo bíblico debe contar con una sobrenatural apertura de la comprensión, debida a un espíritu que le guía hacia la verdad, antes que la razón se entrometa para convalidar su interpretación […]. Finalmente, por lo que se refiere a la consumación de los mandatos divinos por parte de nuestra voluntad, tampoco puede el teólogo bíblico contar con la Naturaleza, esto es, con la íntima capacidad moral del ser humano (la virtud), sino con la Gracia (una influencia sobrenatural, aunque moral al mismo tiempo), de la cual, sin embargo, el hombre no puede participar sino por medio de una fe que transforma hondamente su corazón, si bien tampoco le quepa esperar esa fe que sino de la propia Gracia. (Kant, 1999:7).

Este texto ilustra de forma magnífica la situación en que se encuentra la Facultad de Pedagogía frente a sus doctrinas, y los docentes como ejecutores (como voluntad) derivada de esos Dogmas. La Pedagogía oficial se basa en un sentimiento, cuenta con una sobrenatural apertura para su comprensión, y estimula la Gracia (la conversión) como método para sus fieles. Las respuestas usuales a las críticas a esta Pedagogía, creo que son suficientes para ilustrar este particular (como por ejemplo el manifiesto No es verdad). Excuso por tanto, una demostración pormenorizada de esta asociación entre Pedagogía y Teología, y asumo que es cierta: me expongo voluntariamente a la crítica. Porque lo que me interesa ahora señalar dónde se encuentra la Facultad inferior, a saber, la de Filosofía.

La Facultad de Filosofía forma parte del entramado de la Facultad de Pedagogía, y constituye una unidad administrativa que no puede sino causar una profunda sensación de perplejidad, junto con un enorme sentimiento de esperanza.

Perplejidad, puesto que parece que ambas no debieran cohabitar de tan abierta manera a los ojos públicos. Llevaría a pensar que una hace dejación de sus deberes, absorbida por tan “antinatural” maridaje:

“Cabe denominar “Facultad inferior” a aquella parte de la Universidad que sólo se ocupa, o en tanto que sólo se ocupa, de doctrinas que no son adoptadas en función de una orden superior. Puede darse el caso de que se siga una doctrina práctica en base a la obediencia, pero aceptarla como verdadera por el hecho de haber sido impuesta es algo sencillamente imposible […]. Ahora bien, a la capacidad de juzgar con autonomía, esto es, libremente (conforme a los principios del pensar en general), se le llama razón. Y por lo tanto, la Facultad de Filosofía, en cuanto debe ser enteramente libre para compulsar la verdad de las doctrinas que debe admitir o simplemente albergar, tiene que ser concebida como sujeta tan solo a la legislación de la razón y no a la del gobierno. […] Con respecto a las tres Facultades superiores ésta sirve para controlarlas, prestándoles un gran servicio con ello, puesto que todo depende de la verdad […] La Facultad de Filosofía puede, por lo tanto, reclamar cualquier disciplina, para someter a examen su verdad.” (Kant 1999:11).

La Facultad de Filosofía, inmersa en la de Pedagogía, por lo tanto, ha establecido un enlace que, a mi juicio, ha desembocado en la instauración de un procedimiento para extender estos Dogmas de los que hace gala la Pedagogía. Y lo hace con un arma de subversión de la voluntad mediante la Gracia: la Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos. Que ella exige una conversión puede mostrarse aludiendo a un texto misionero de Gregorio Peces-Barba:

“Es una obligación y también un honor para los profesores ser los responsables de esa misión. […] De su entusiasmo, de sus estudios y de trabajo, dependerá que la asignatura no sea una maría, y que ayude a formar a los ciudadanos del futuro. La forja de las mujeres y los hombres de nuestra democracia, tendrá un eslabón decisivo en el buen desarrollo de nuestra materia. Toda esta reflexión pone de relieve la responsabilidad y el honor de participar en esta hermosa aventura de endoculturación y de socialización para modelar personas más libres, más justas y más solidarias.” (Peces-Barba, 2007: 13-14)

Quien leyera esto podría sorprenderse de que tan crucial tarea esté reservada a dos asignaturas, de una hora y dos horas semanales respectivamente. Son los profesores de de la Facultad de Filosofía quienes activamente han colaborado con la Facultad de Pedagogía en extender estas ideas: me remito a un repaso a los autores de los libros publicados de la materia. Sin entrar a una valoración más profunda del tema, su silencio ante la desaparición de la tercera hora de Filosofía en primero de Bachillerato, y su desentendimiento generalizado (pero no total) por la Educación Secundaria y el Bachillerato (por no decir su connivencia), no pueden sino provocar una total perplejidad respecto a su finalidad como Facultad, siguiendo la autoridad de la propuesta kantiana, tantas veces utilizada para legitimar a la propia Filosofía.

Puede que la Filosofía conduzca a la reafirmación de la Democracia por sus propios procedimientos, pero a qué democracia, por qué procedimientos, son preguntas legítimas que nosotros, meros letrados, elevamos a su consideración:

Las Facultades de Filosofía han adquirido las competencias propias de las Facultades superiores, lo que ha afectado de forma decisiva a los docentes en secundaria y bachillerato:

“Todavía cabe distinguir a los propiamente doctos de esos otros letrados (con estudios) que, al verse revestidos con un cargo, actúan como instrumentos del gobierno y en provecho propio (no precisamente en aras de las ciencias); sin duda, ha de haber cursado su carrera en la universidad, pero acaso hayan olvidado mucho de ella (cuanto concierne a la teoría), reteniendo tan solo aquello que les es imprescindible para el ejercicio de un cargo público, esto es, el conocimiento empírico de los estatutos relativos a su cargo (lo concerniente a la praxis), aun cuando sus doctrinas fundamentales solo puedan provenir de los doctos en la materia, de modo que también puede llamárseles negociantes o peritos del saber. Éstos, en cuanto órganos de gobierno, ven sometido a la ley su influjo sobre el público en general y constituyen una clase especial de letrados que, lejos de ser libre para hacer un uso público de sus conocimientos, se halla bajo la censura de Facultades respectivas, ya que se dirigen directamente al pueblo, compuesto de legos en sus disciplinas […].” (Kant, 1999:3).

Nuestra misión de forja ha quedado avalada por las Facultades de Filosofía, y no sé si somos quiénes para cuestionarla.

Por último, decía anteriormente, que esta unión entre la Facultad de Filosofía y Pedagogía (real, como en el caso de la Universidad de Valencia, o virtual, como en el caso de muchas otras), también es causa de esperanza. Como antiguos alumnos de las Facultades hemos adquirido el vicio de la crítica, consideramos que todo conocimiento ha de ser sometido al juicio de la razón, que opera mediante categorías, estableciendo criterios y recurriendo a elaborados argumentos que trabajan lentamente en pos de la verdad. Más que un cometido positivo, acaso no sea irreverente plantearse el sentido negativo de nuestra labor. Pero además, la Filosofía siempre ha mostrado una profunda preocupación por la educación. El paradigmático ejemplo de la paideia platónica muestra que la necesaria reflexión filosófica no es ajena a los problemas educativos. Tal vez atendiendo su auténtica voz puedan afrontarse de otro modo los graves problemas en que nos hallamos. Si reconocemos que más allá de las propuestas de la Psicología y de la Pedagogía (y si se entiende por fin que sin perjuicio de ambas), es imprescindible plantearse la verdad de sus doctrinas, puede esperarse la recuperación del lugar que corresponde a la Facultad inferior en todos sus niveles, y también en la Educación:

“[…] las Facultades superiores no pueden sustraerse a las objeciones y dudas aireadas por la Facultad de Filosofía, siendo esto algo que, indudablemente, debe resultarles harto incómodo, ya que sin semejante crítica dentro de sus posesiones, ostentadas bajo no importa qué título, podrían disfrutar de una tranquilidad sin sobresaltos y ejercer el despotismo.” (Kant, 1999: 11)

Ángel Martín Santo.

Presidente de la SFPA.

(Este texto no manifiesta opiniones propias de la SFPA, la responsabilidad del texto es exclusiva de su autor).

Sin embargo, algunas personas se desconcertan al tratar de obtener remedios en l

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