El (nuevo) juicio de Sócrates.

30 mayo, 2012

Están juzgando a Sócrates. Unos 2400 años después del juicio que condenó a cicuta al hombre más sabio de Grecia y que en algún sentido fundó el ethos filosófico, ha sido juzgado en la capital griega, dentro de un programa de la fundación Onassis. Han sido 10 jueces internacionales y el público asistente, junto con la ubicua presencia de internautas, quienes han recuperado aquel evento. Tanto el vídeo del mismo como las intervenciones de los abogados están disponibles en la página de la fundación para su consulta.

No obstante, ¿cómo interpretar este teatralización desde nuestro propio presente, donde ha tenido lugar, de nuevo, el eterno juicio? Que la, según muchos, cuna de la democracia condenase al filósofo constituye una anomalía que el fundamentalismo democrático difícilmente puede tolerar. Por otro lado, no puede pasarse por alto sin más que se celebre en Grecia, donde la propia democracia se encuentra en una crisis de legitimación sin precedentes, con un partido neonazi en alza e inmersa en una depresión económica que puede desembocar en su salida del euro (y como dice el refrán: “cuando las barbas de tu vecino vieres pelar…”) y en la erosión definitiva de la Unión Europea. ¿Qué se juzgó el 25 de mayo, entonces?

Para aclarar esta cuestión, se puede examinar el cuestionario que se planteó al público. Se preguntaba en él si se consideraba a Atenas en la época socrática como una ciudad democrática “en la que cualquiera podía expresarse libremente”. Por una escasa mayoría (53% frente a 47), se consideró que no lo era. También se preguntaba por el motivo de los cargos, considerados mayoritariamente como fruto de una persecución política (vale la pena recordad que en la Apología, Sócrates trae a colación para su defensa las palabras del oráculo de Delfos, pero fue Querofonte, partidario del bando democrático y exiliado que “regresó con vosotros” (Apo, 21a) quien hizo la consulta. Por tanto, Sócrates pretendía que el valor de la anécdota fuera doble: uno de los vuestros, un demócrata (como vosotros que me juzgáis), “tuvo la audacia de preguntar”.  La siguiente pregunta pasa a considerar la figura del propio Sócrates, y las respuestas mayoritarias lo consideran un idealista (sic) y un aristócrata “del espíritu” (of the spirit). Que un 52% considere que Sócrates era un idealista resulta especialmente revelador. Cabe añadir que, buscando esa extraña expresión aristocrat “of the spirit”, hemos encontrado una traducción inglesa de una obra que refiere esa expresión en boca de otro personaje juzgado algunos siglos después que vale la pena citar:

But the fruit of the Spirit is love, joy, peace, forbearance, kindness, goodness, faithfulness, gentleness and self-control. Against such things there is no law.

Cuya traducción es:

En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad,  humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas.

(Gálatas 5:22)

Se ve que Pablo de Tarso, cuando pasó por Atenas, no se enteró de que allí sí había ley que condenaba esas cosas.

Casi todos los asistentes consideraron que Sócrates fue víctima de su propia libertad de expresión. Ahora bien, la pregunta 5 del cuestionario está relacionada con una de las líneas argumentales del segundo defensor de Atenas, Anthony Papadimitriou, contra Sócrates. La tesis fundamental es que el filósofo pudo ser el (presunto) responsable intelectual de la Tiranía de los 30, que sus discípulos eran traidores, tiranos “sedientos de sangre” o filoespartanos. Si se proporcionaran pruebas fehacientes de que Sócrates fue el instigador de esa Tiranía (404-403 aC), entonces la mayoría cambiaría su opinión respecto a la inocencia de Sócrates. Se trata de una acusación tradicional contra Sócrates. Esquines, un orador, en su Contra Timarcos, señala la relación con el tirano Critias como el motivo de su condena.

Por último, se considera que Sócrates no reconocía las instituciones democráticas de Atenas y que era un ateo.

El grado de congruencia del público en las respuestas no deja de resultar cuestionable. Por ejemplo, no parece consistente afirmar que los cargos no eran reales, sino debidos a una persecución política en un 89% y considerar que era ateo en un 43%, cuando uno de los cargos es el de impiedad. Esto implica que no reconocía a los dioses de la ciudad (también es verdad que se le acusa más bien de “introducir nuevos dioses”, lo que tampoco casa con el ateismo). Parece claro que Atenas la impiedad y la “persecución política” van de la mano, pero habría que contraponer ese presunto ateísmo a las propias palabras de Sócrates en el diálogo con Meleto de la Apología.

Pero más allá de eso, cabe reflexionar sobre el procedimiento empleado en la teatralización del juicio y sobre el resultado, por supuesto. Respecto a esto último, lo cierto es que los jueces especialistas quedaron en un empate técnico de 5 a favor y 5 en contra, mientras que 584 miembros del público de los 866 se manifestaron a favor del filósofo. El juicio de Sócrates constituye un tema fundamental de la filosofía, tanto de entonces como de ahora. En realidad implica pensar sobre la difícil posición de la filosofía entre la política y la teología. Las cuestiones conceptuales implicadas son tan relevantes que, de algún modo, las consecuencias de ese juicio se extienden a través de los siglos, mientras siga habiendo ciudades inmortales, como Atenas, y filósofos excepcionales, como Sócrates.

Por cierto, usted, como ciudadano ateniense (todos lo somos en cierto modo), aún tiene ocasión de votar.

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Categorías: Análisis, Noticias by A.M.
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