Kant, Iglesias y una kalasnikov entran en un bar

28 noviembre, 2015

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Por Ángel Martín.

{Las opiniones aquí vertidas no representan necesariamente los puntos de vista de la Sociedad de filosofía de la provincia de Alicante o de cualquier otra sociedad filosófica, filantrópica o racional en general. Son un producto exclusivo de alguien que podría no formar sociedad ni consigo mismo}.

Si es que uno no quiere hablar, no quiere hablar, pero es que le fuerzan. Le fuerzan y al final acaba hablando, o escribiendo para no explotar. Porque me pregunto cómo reaccionarían aquellos dos rusos que se liaron a tiros cuando se acaloraron discutiendo acerca de Kant. Cosa que no es de extrañar, por cierto. Cuando uno empieza a discutir sobre la tercera antinomia, o sobre la apercepción trascendental, o sobre la Ding-an-sich (¿se han fijado lo que se gana en prestancia y sabiduría cuando se utilizan guiones en palabros alemanes?); cuando se acaloran los ánimos, decía, la cosa   se pone muy seria y uno no está dispuesto a escuchar bromitas del estilo “las condiciones de posibilidad de la experiencia en general constituyen, a la vez, las condiciones de posibilidad de los objetos de experiencia”. Así que no imagino a esos rusos cargados de vodka y kalasnikov, por tirar de tópicos, en la Carlos III el otro día, escuchando a Pablo Iglesias, (el nuevo, no el antiguo, que ya está muerto, no se vayan a pensar) y a Albert(o) –por si no quiere ver amenazado su españolismo– Rivera hablar sobre Kant sin leerlo o citar su obra de forma, digamos, imprecisa. Imprecisa como escopeta de feria, podría decir alguno con cierta guasa; imprecisa como confundir a un trekkie con un warsie, o un cuadro de Pollock con un vómito de kétchup y mostaza en la esquina de atrás de esa hamburguesería (cuyo nombre no mentaré aquí). Porque debemos ser comprensivos. Al fin y al cabo errar es humano, y todos sabemos lo tolerante que era Kant con esos defectillos mundanos que tenemos todos y que nuestro filósofo koeningsburguense disculpaba en su amable y prudencial ética:

– “Fiat iustitia et pereat mundus”.

De modo que yo solo puedo recomendar que lean la “Ética de la razón pura” si la encuentran. Estoy seguro de que todos los periodistas e intelectuales que ahora recogen el gatillazo filosófico han leído aquello de “Llamo trascendental todo conocimiento que se ocupa no tanto de los objetos, cuanto de nuestro modo de conocimiento de objetos en general, en cuanto que tal modo debe ser posible a priori”. Es verdaderamente curioso: aquí, en nuestra comunidad autónoma –esta una palabra muy querida por el immanuelense–, todos los estudiantes de segundo de Bachillerato se han de enfrentar precisamente con el prólogo de la Crítica de la razón pura. Además, tengo la sensación, créanme como al mismísimo Carlos Jesús, de que Kant es un autor de los que se estudian en las clases de Historia de la Filosofía en todo el espacio carpetovetónico y tiempo segundobachillerático. Se lo aseguro por Micael. Por ello ver a estos dos candidatables a la presidencia del país hablar de Kant resulta, en primer lugar, curioso. Y verles meter la pata, abochornante. El señor Iglesias falla el título, estupendo, pero el señor Rivera va, tal vez, un paso más allá, recomendando la lectura en general de alguna de esas excelsas obras que, le consta, son profundísimas, pero no ha tenido ocasión de leer. Solo le faltó añadir: “Créame, oiga”. Pero lo más curioso es que, pese a tener menos idea que un mono titi sobre el homo kaliningradiensis, ellos, ambos, están impregnados de sus ideas, marcados como el vestido de la mismísima Mónica Lewinsky (¿recuerdan?). Sus nociones de paz perpetua o el cosmopolitismo están más extendidas, tal vez, que nunca. En la actualidad sus planteamientos teóricos se han implantado hasta tal punto que resulta prácticamente innecesario leerlos. Hoy mismo, en Madrid, un grupo de fans –¿kanties? – lanzaba eslóganes a favor de la paz “aquí y allí” o en contra de todas (–¿de todas? –de todas) las guerras. Kant a toda máquina.

En fin, terminemos de nuevo con aquellos rusos. Cómo se habrían sentido si en lugar de Guerra y paz hubieran recomendado “Tango y paz” o “Guerra y Cash”, o “Los hermanos Hernández y Fernández” o esa magna obra que es “Anna Igartiburu”. No se ofusquen. Tómenselo “con filosofía”.

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Categorías: General by A.M.
4 comentarios »


4 comentarios en “Kant, Iglesias y una kalasnikov entran en un bar”

  1. Al hilo de lo que Ángel ha dicho -y muy bien dicho, por cierto- no creo que esté de más recordar este magnífico texto de Ortega y Gasset:

    “En la obra de Kant están contenidos los secretos decisivos de nuestra época moderna, sus virtudes y limitaciones (…) Con gran esfuerzo me he evadido de la prisión kantiana y he escapado a su influjo atmosférico. No han podido hacer lo mismo los que en su hora no siguieron largo tiempo su escuela. El mundo intelectual está lleno de gentileshombres burgueses que son kantianos sin saberlo, kantianos a destiempo, que no lograrán nunca dejar de serlo porque no lo fueron antes a conciencia. Estos kantianos irremediables constituyen hoy la mayor la mayor rémora para el progreso de la vida y son los únicos reaccionarios que verdaderamente estorban”
    J. Ortega y Gasset, Kant, reflexiones de centenario, en Tríptico, pp. 65-66, Espasa-Calpe, Madrid, 9ª edición, 1972.

    Todo un manifiesto para la reforma de los planes de estudio de filosofía en el bachillerato.

  2. Bien, bien. Pero yo creo que hay una prisión kantiana de la que no podemos evadirnos y es la de
    la interpretación naturalista de la Crítica de la Razón pura. No podemos evadirnos del filtro sensorial humano. El Kant de la paz perpetua y de la Razón práctica ya es otra cosa ¿De qué prisión kantiana se evadió Ortega? ¿De la primera? ¿O de la demagogia kantiana de después?

  3. De esa prisión kantiana de la que dices que no podemos evadirnos no te evadirás tú porque no te da la gana, porque lo cierto es que las formas de la sensibilidad kantiana son tan naturales como los accidentes del pan y del vino consagrados para la eucaristía.

    ¡Todavía con estas cosas Don Nadie! En fin….Mira tío, del filtro de la sensibilidad no nos libramos ni tú, ni yo, ni las garrapatas…,y tampoco los extraterrestres -en cuya existencia creía Kant- en el caso de que existieran. Ahora bien, la causa por las que esto es así guarda una conexión con la causa por la que Kant es realista empírico, parecida a la conexión que pueda haber entre la causa de la caída de la bolsa y la causa de la caída de los graves. Es decir, ninguna.

    Así que ya puedes ir evadiéndote de la prisión kantiana, si no quieres quedar descalificado por Ortega como uno de esos reaccionarios que son kantianos sin saberlo.
    Un saludo.

  4. ¡Hombre!, quedar descalificado por Ortega no me da ningún miedo. Y vamos ahora al asunto, solamente hay una forma de intentar librarnos del filtro sensorial humano, mediante aparatos que aumenten, disminuyan, o actúen sobre nuestra sensibilidad. Como palos de ciego. Kant es realista en cuanto admite la existencia de algo “en sí” pero no lo calificaría yo tanto de empírico puesto que la postulación de la existencia de la “cosa en sí” no se debe a los datos empíricos o sensibles. ¿Por qué han de ser las formas de la sensibilidad kantiana naturales? ¿Y las formas de la sensibilidad de los espíritus o los extraterrestres son también naturales? Kant deja entrever en alguno de sus textos que cree en ellos.Salir de la caverna y volver con gusto a entrar. ¡Feliz Navidad a todos!

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