|
Angel
|
 |
« Reply #4 on: 02 de March de 2009, 09:54:20 pm » |
|
Ante el nuevo modelo de PAU.
La prueba de acceso es un acontecimiento académico de extrema importancia, por varias razones. No solo mide la competencia individual de un estudiante, y determina sus posibilidades de acceder a unas pocas carreras privilegiadas (en la práctica Medicina, Fisioterapia, Enfermería, Traducción e Interpretación y alguna más). También permite evaluar el estado de salud tanto de un centro educativo, cuanto de los estudios que se imparten en Bachillerato.
La reforma de los exámenes es una oportunidad para rectificar aquellos aspectos menos ajustados con el objeto de estudio en cuestión. Me explico, es el momento para desprenderse de aquellos contenidos que ya no se imparten en los cursos, sea por falta de tiempo, o por mero anacronismo. En el caso de Filosofía, como ya se dijo hace poco, hemos dado a parar con un modelo de examen y unos contenidos (al menos los propuestos), que en nada benefician a esta materia en Bachillerato.
Independientemente de la opinión respecto a la unificación de algo conocido como Ciudadanía con Filosofía, es un hecho que nos enfrentamos a un dramático descenso de contenidos en primero de bachillerato a causa de la aparición de Ciencias para el Mundo Contemporáneo. Que no se trata de un aspecto insignificante lo muestran las sucesivas manifestaciones en contra de esta reducción que se han venido produciendo en nuestra comunidad. Las consecuencias para segundo de bachillerato solo podrán evaluarse en cursos posteriores. Sin embargo, no podemos sino ser pesimistas: a menor contenido, menor competencia.
En segundo de bachillerato todas las materias están mediatizadas por la PAU. Aunque a todos nos han enseñado a decir que lo importante es el aprendizaje, la realidad es que todo profesor responsable se preocupa de que sus alumnos alcancen unos resultados satisfactorios, los mejores posibles, en las pruebas de junio. Por ello, la atención a la PAU no es accidental, sino imprescindible en la docencia de este difícil curso. Difícil no por los típicos problemas en la ESO respecto al comportamiento, sino por la exigencia que se le impone a un alumnado cerca de la madurez estudiantil que supone la Universidad.
¿Qué ha aportado la reforma de la Prueba de Filosofía? Lamentablemente, creemos, nada positivo, sino un nuevo paso hacia atrás en esta ya mermada materia. Lo triste del caso es que esta vez la responsabilidad recae en nosotros mismos como colectivo profesional, y no en causas exógenas de tipo político o ideológico. Vamos a argumentar a continuación nuestra postura.
En primer lugar, en general, no se producen cambios significativos respecto a la estructura general. Se concibe la Historia de la Filosofía de segundo como el análisis de tres, o, a lo sumo, cuatro autores fundamentales y unos cuantos adláteres, meras comparsas de los Grandes (por cuanto al tiempo que se empleará en trabajarlos se refiere). Así ha sido durante la LOE, y nos han acostumbrado a una enseñanza con las peores cualidades de una hermenéutica superficial. Se explica Platón como si tal cosa fuera posible sin la literatura posterior, de forma academicista, en minuciosa lectura de un texto que por su concreción, pese a su importancia, deforma la visión de conjunto en pro de un aprendizaje rutinario acrítico e irreflexivo. Lo mismo cabe decir, e incluso peor, de Descartes, Kant y demás próceres de nuestro gremio.
Algunos argüirán que ellos no lo hacen así, siguiendo un mesianismo individualista que se anula desde el momento en que se advierte cuál es el propósito implícito de la prueba que afrontan, al margen de lo que como individuos concretos y falibles –o superiores e iluminados– pretendamos.
Pero si vamos a cada pregunta, podemos apreciar con mayor rigor la naturaleza del problema. La primera pregunta: “Sintetiza las ideas del texto mostrando en tu resumen la estructura argumentativa o expositiva desarrollada por el autor”. Se advierte en ella una derrota moral, la que va del análisis argumentativo al esquema, de la lectura rigurosa al boceto. ¿Acaso reside en esta propuesta una falta de confianza en la capacidad de pensamiento de nuestros estudiantes? Algo más diremos después al respecto. La segunda, la definición, es estándar y en nada aporta novedad al examen. Y está bien: la novedad no es buena por ser tal, sino por obedecer a algún propósito. Pasaré ahora a la cuarta pregunta que se incorpora. Leo:
“Su formulación invariable será la siguiente: «Comenta brevemente cualquier aspecto del pensamiento del autor del texto que juzgues importante en alguno de estos sentidos: por su relación con el de otros filósofos, con hechos históricos relevantes (especialmente si son coetáneos del autor o tienen relación con su vida) o con rasgos significativos del mundo contemporáneo».”
Su valor es de un punto y su extensión de tres o cuatro líneas. Como es bien sabido, una cosa son las intenciones académicas, la teoría, y otra la práctica real. La teoría es que así se reforzará un aspecto que antes quedaba oculto en la redacción. La realidad es que enseñaremos a los alumnos a dar una respuesta convencional y memorizada, casi ritual o formularia. Porque nadie se arriesgaría a perjudicar la nota de sus alumnos con respuestas innovadoras o creativas. Este es el quid de la cuestión respecto a la Prueba de Filosofía: que no promueve su enseñanza, sino solo la vana erudición y el aprendizaje irreflexivo. La prueba máxima reside en la redacción. Ésta consiste en la exposición de algún tema referente al autor. Se trata de llevar a cabo una exposición doxográfica que demuestre que se conoce las ideas del autor. De uno de los cuatro autores (tres en la práctica, aunque la discusión sobre si se imparten tres o cuatro autores cuando hablamos de la tradición filosófica es tan absurda que resulta ridícula). La novedad ahora reside en clarificar unos campos temáticos sobre los autores que serán objeto de la redacción. Un paso más hacia la estandarización y el mecanicismo. Pero es que además se introducen autores con un grado de legitimidad aberrante a nuestro juicio. Si el surrealismo de elegir entre Platón y Aristóteles ya era mayúsculo (¿cómo puede entenderse uno sin el otro, o nada posterior?), ahora podemos desprendernos del estagirita para incorporar a Epicuro. Que nadie ose menospreciar la Carta a Meneceo frente a la Metafísica, o a la Ética a Nicómaco. No a juicio de la comisión. Y qué decir del español séneca (qué importa que ni existiera esta entidad política en su época, ya la legitimaremos hablando del “senequismo español”). No ocurre nada, podremos incorporar a Tomás de Aquino a costa de Hume y Rousseau. Aunque la jugada maestra está en los autores finales: Ortega y Gasset o Simon de Beauvoir. Aquí la concesión a criterios antifilosóficos ya es total: había que demostrar que existía un pensador español, y el más recurrido, claro está, es Ortega, el Espectador, cuya Meditación sobre la Técnica está al mismo nivel que la República o la Crítica de la Razón Pura. Qué decir de Beauvoir, cualquiera se atreve a elaborar una crítica, dado que puede ser eo ipso acusado de machista falócrata acosador y depravado, y ya se sabe cómo está la ley al respecto.
Por tanto, nuestro balance es que se ha perdido una oportunidad, las razones se nos escapan, pero algo pudo entreverse en las reuniones preparatorias: el miedo a evaluar la subjetividad filosófica, la búsqueda de la neutralidad en la prueba, como vacuo remedo de la objetividad. La simplificación del temario, que ya era extrema, con autores aún menos exigentes, o directamente elegidos de cara a una cierta e indeterminada galería extrínseca. Se nos dirá que, claro, una cosa es la prueba, y otra la formación filosófica que el profesor imparte. Que este es solo un examen final, pero no determina los contenidos del curso. Una pura falacia que separa el currículum de su contexto, como si tuviésemos que cerrar los ojos y solo acordarnos de la PAU en mayo. Un modo de esconder la falta de iniciativa para devolver a la prueba de Filosofía su legitimidad filosófica. Un modo de devaluar, todavía más, desde la Universidad, desde nuestra casa, el estudio de la tradición filosófica y la riqueza de su reflexión.
Conclusión: rectifiquemos la propuesta con una práctica rigurosa de la Filosofía que enseñe algo más que unos tópicos vacíos. No obstante, no podemos olvidar la dinámica que se impone con independencia de nuestros esfuerzos particulares. Para aquellos que esperaban de la Universidad esta tarea, les queda el consuelo de su insignificancia: al fin y al cabo, sus estudiantes siempre podrán hacer el examen de Historia.
|