Adolfo
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« Reply #1 on: 23 de November de 2008, 05:38:45 pm » |
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Enjundiosa charla la del Catedrático de Filosofía de la Universidad de Murcia, Eugenio Moya. Sobre los hitos de su análisis, pulcramente estructurado, no me extenderé: la directiva de la SFPA ya ha anunciado que publicará en breve un amplio resumen. Ofrezco, sin embargo, algunas pinceladas que servirán, acaso, para entender mejor las valoraciones que haré a los planteamientos del ponente.
Según Moya, el actual estado de cosas por el que pasa la enseñanza de la Filosofía, prefigurado en el 2005, tiene que ver con tres asuntos capitales: Europa, Laicismo y la Historia del Socialismo Español. Sobre lo primero, Europa, explicó que las sociedades complejas necesitan aprender a vivir de acuerdo con principios de ciudadanía compleja, lo que llevó al Consejo de Europa a proponer medidas que condujeran a adquirir las habilidades necesarias para que los ciudadanos conocieran mejor, y participaran más activamente, en las instituciones democráticas. Las alarmas se dispararon al constatar que los ciudadanos tenían poco aprecio por la política y que el índice de participación en los procesos democráticos era escaso; especialmente preocupante en el caso de los jóvenes. De aquellos polvos vendrían estos lodos: la recomendación de introducir en el Sistema Educativo de los países miembros algunos contenidos de carácter cívico, lo que en España se ha tematizado como EpC. Sobre lo segundo, el Laicismo, comentó la influencia del Grupo CIVES en el PSOE. Estos ideólogos, encabezados por Cifuentes, tendrían como objetivo mayor combatir la influencia de la Iglesia Católica en el Estado Español, consolidando definitivamente su carácter aconfesional; y esto mediante una operación doble: la retirada de la Religión de los planes de estudio y la introducción de una materia que contuviese los mínimos comunes de ética acuñados por el derecho positivo. Esta materia tendría la misión de enseñar a convivir formando buenos ciudadanos, constituyéndose en una especie de Religión Laica. Sobre lo tercero, la Historia del Socialismo Español, Moya explicó los procesos de recomposición que había atravesado el PSOE desde el desmembramiento de la URSS y la caída del Muro de Berlín hasta la actualidad: del socialismo científico a la socialdemocracia, pasando por el socialismo real. La socialdemocracia española de hoy, concluyó el Catedrático de Murcia, estaría fuertemente emparentada con el Republicanismo Cívico de Philip Pettit y el Patriotismo Constitucional de Habermas.
Una vez establecidas las causas por las que se gestó la aparición de Ciudadanía en la LOE, Moya explicó los motivos por los que esa introducción se hacía a costa de la Filosofía. Básicamente por la percepción de que la Filosofía es una antigualla, poco comprometida con la realidad y sus cambios: el Progreso social y científico. De ahí que la Filosofía tuviera que ceder el paso a las Ciencias Sociales (Sociología, Ciencias Políticas, Derecho,…) y a las Ciencias Duras (Biología, Geología, Física,…), lo que se traduce en los contenidos de Ciudadanía y de Ciencias para el Mundo Contemporáneo. La decisión, a la postre, de introducir en la LOE una nueva área disciplinar, Ciudanía, y una asignatura troncal en 1º de Bachillerato, CpMC, habría estado condicionada, también, por la propia Historia del Socialismo Español, de raigambre positivista.
Finalmente, tras el diagnóstico de la enfermedad, Eugenio Moya prescribió algunos posibles remedios con pronóstico optimista: la necesidad de llevar la Filosofía a las calles, incorporar a su enseñanza académica los más avanzados medios tecnológicos, aprovechar la compañía de Ciudadanía en la Filosofía para que ésta se inmiscuya en todos los ámbitos sociales, etc. En definitiva, un llamamiento a renovar de arriba abajo los métodos de enseñanza de la Filosofía que Moya considera anclados en el siglo XIX. Podría aventurarse, tal vez, que con estos remedios se pretendía aprovechar la fuerza de movimiento del enemigo para tumbarlo; como si la Ciudadanía, que según el ponente dejará de acompañar en lo nominal a la Filosofía de 1º de Bachillerato en poco tiempo, hubiese servido de revulsivo a la misma Filosofía para ocupar de una vez por todas el puesto capital que le corresponde y que la UNESCO ya le reconoce. Y cuando eso ocurra la UE y, sobre todo, el Gobierno de España tendrán que aceptar lo inevitable: que la Ciudadanía es innecesaria porque lo que se pretende con su implantación se consigue mejor con creces potenciando la Filosofía, no la de ayer sino la del porvenir, la Nueva Filosofía Académica que no teme “desprestigiarse” tornándose en Mundana. Para Moya, según creo, habría llegado la hora de despertar al Dragón; un Dragón que consagrará su fuerza en defender la Ciudad. La Filosofía, entonces, como defensora, como aliada, como sirviente de la Polis. Como le dije luego, no comparto estos planteamientos, al menos si no vienen acompañados de severas restricciones y componendas. Volveré sobre ello.
Hasta aquí el contenido de la ponencia de Eugenio Moya, a quien considero un investigador de primera línea y un profesor de Filosofía excelente.
Estando en gran medida de acuerdo con el diagnóstico, no puedo estarlo con su prescripción. De lo que toca al diagnóstico, no comparto que los índices de baja participación ciudadana en las instituciones políticas sean necesariamente un problema, o dicho en otros términos, no veo ahí ninguna patología. Es más, creo la patología se halla justamente en el empeño obsesivo por que se participe activamente, pues, primero, esa participación está ya canalizada de un modo que, en la mayoría de los casos, no puede ser objeto de discusión y, segundo, el derecho de participar se transmuta en un deber cívico. Y, justamente, la pretensión de convertir derechos en deberes es, a mi juicio, el problema medular, pues tal conversión, ya sea por vía de la fuerza coactiva propia de regímenes dictatoriales, ya por la de emergencia de instituciones ad hoc cultivadas por países que se denominan democráticos, se hace a despecho de la Libertad. Una inquietante sospecha se suscita cuando la Declaración de Derechos Humanos, actu signato, se contempla, tácitamente, como si de una Declaración de Deberes, actu exercito, se tratase. El Estado de Derecho quedaría, con ello, convertido característicamente en un Estado de Deberes Cívicos, donde los deberes cívicos, transmitidos en el Sistema Educativo a cuenta del Área de Ciudadanía, acabarían teniendo la evidencia axiomática de los derechos pero extendida, de rondón, con el sesgo impositivo de los deberes que los ciudadanos in nuce estarían persuadidos en aceptar como dogmas a riesgo de ser tenidos por anormales. Henos entonces en la Nueva Ciudad de Dios, olvidando, así, que el Paraíso para serlo hay que quererlo, por más que en ello se empeñe la Gracia del Cielo, ahora sustituida por la Gracia del Estado, y ante la cual a los ciudadanos agradecidos de oficio sólo les restaría pronunciar un solemne Amén. Naturalmente, no quiero decir con lo anterior que Moya pudiera estar de acuerdo con esta interpretación de su diagnóstico, del que en varias ocasiones se excusó de hacer valoraciones; pero esta interpretación, en correspondencia con lo presentado por el ponente de Murcia, es sin duda la mía.
Pasando al turno de preguntas, le manifesté a Moya mi perplejidad sobre los remedios que proponía, a mi juicio henchidos de un optimismo carente de razones objetivas. Planteé que el maridaje de la Filosofía con la Ciudadanía lejos de constituir una oportunidad para la renovación de la Filosofía, suponía el primer paso de una estrategia de largo alcance que tendría como objetivo final la desaparición de nuestra disciplina en favor de las Ciencias Sociales y, con ello, la ausencia de toda crítica auténtica al Poder establecido. Moya no compartió que este proceso fuera el fruto de ninguna estrategia contra la Filosofía y descargó su respuesta apuntando la necesidad de renovación que habría que introducir en el gremio. Seríamos entonces nosotros, los profesionales de la enseñanza de la Filosofía, los que tendríamos que desprendernos de la autocomplacencia y el conformismo saliendo a la arena para demostrar a la sociedad la importancia y el valor de nuestra labor. No puede decirse, sin duda, que Moya no practicara la autocrítica para con su profesión. Sin embargo, como le dije entonces y después, en la grata compañía de Ángel y Juan José, creo que la senda por él trazada no puede extenderse de manera general, pues una aventura como esa sólo podría practicarse asumiendo que habría que regresar a la Filosofía Académica, asunción difícil de mantener cuando el proyecto fuera mayoritariamente interpretado, precisamente, como su disolución. Y no olvidemos que es ese legado uno de los timbres de gloria que distingue a la Filosofía de otras disciplinas, por su carácter de interrogantes siempre abiertos y, en consecuencia, “de rabiosa actualidad”. Mientras lo decía, me venía a la memoria las “Cuestiones Académicas”, de Cicerón, en el pasaje en el que se interroga acerca de los beneficios de divulgar la Filosofía:
“Mas antes de este tiempo nunca me vino a la mente hacerte una pregunta; pero ahora, después que empecé a confiar a los documentos literarios las cosas que aprendí en común contigo, e ilustrar en letras latinas aquella antigua filosofía nacida de Sócrates, te pregunto qué razón hay para que, escribiendo muchas cosas, pases por alto este género, sobre todo cuando tú mismo sobresales en él y este estudio y todo este asunto mucho aventaja a los demás estudios y artes.”
Y haciendo mía esta pregunta ciceroniana, a la sazón, consideré: ¿contaría la respuesta de Varrón y su ulterior desarrollo con la aquiescencia de Eugenio Moya? Éste es el interrogante que no supe despejar; y tan ocupado me tenía y tan agradable fue la compañía y la pitanza, que me despedí sin preguntar otra cosa fundamental (ya me dirás, Ángel, lo que tengo que poner: ¡menudo despiste!)
Saludos.
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